3 de junio | 2026 | Opinión.
Durante años hubo quienes quisieron convencernos de que la ética tenía dueño. Que había sectores políticos con autoridad moral automática y otros que poco menos tenían que pedir permiso para defender valores, trabajo o sentido común. Pero la realidad terminó cayendo por su propio peso. La gente empezó a abrir los ojos y entendió algo muy claro: la honestidad no depende de un partido político, depende de cómo vive y actúa cada persona.
Porque mientras algunos daban lecciones desde un pedestal, del otro lado aparecían acomodos, privilegios, militancia paga con recursos públicos y un doble discurso cada vez más difícil de esconder. Y ahí fue donde el Uruguay cambió. El trabajador, el productor, el comerciante, el emprendedor y la gente de esfuerzo empezaron a mirar menos las consignas y más los resultados.
La verdadera ética está en levantarse temprano, en trabajar, en sostener una familia, en pagar impuestos y en cumplir la palabra. Está en respetar al que produce y al que genera empleo. Está en entender que el Estado tiene que estar al servicio de la gente y no de los intereses políticos de turno.
Y en ese momento del país es donde muchos sentimos que el camino que viene marcando Miguel Abella es el correcto. Porque mientras algunos siguen viviendo del enfrentamiento permanente, acá se eligió tender puentes, dialogar y poner arriba de la mesa los problemas reales de la gente. La gente está cansada de las peleas políticas vacías. Quiere soluciones, cercanía y dirigentes que se hagan cargo.
Por eso reafirmamos nuestro apoyo a una forma distinta de hacer política. Con firmeza, sí. Con convicción, también. Pero entendiendo que Maldonado está primero. Que no se puede gobernar desde el odio ni desde la soberbia. Y que cuando se deja de dividir a la gente para sacar ventaja política y se empieza a trabajar en serio por el departamento, gana Maldonado y gana su gente.