25 de mayo | 2026
Hay una diferencia enorme entre los políticos que relatan la realidad y los que se dedican a transformarla. Escuchar al ex intendente Enrique Antía repasar con datos y memoria el proceso de inversión en saneamiento y agua potable es entender, de primera mano, cómo se administra un departamento que no para de crecer.
En la política uruguaya estamos demasiado acostumbrados a los discursos vacíos. A que nos digan lo que está mal sin proponer soluciones. Pero en Maldonado, la historia de los últimos años se escribió con una receta distinta: planificación, orden y, sobre todo, resultados concretos.
Cuando la administración de Antía tomó las riendas, el diagnóstico era severo y preocupante. El departamento crecía, sí, pero la infraestructura no acompañaba. Las conexiones de agua en Maldonado habían aumentado un 50% en los últimos siete años, y sin embargo, algunos sectores políticos pedían eliminar la Tarifa 9, una herramienta fundamental para financiar obras. Querían cortarla bajo la excusa de que "no se hacían obras".
La respuesta de la Intendencia de Maldonado fue contundente: no solo no se eliminó, sino que se demostró para qué servía. La realidad del arroyo Maldonado en días de tormenta asustaba. Las plantas de tratamiento estaban desbordadas, sin capacidad de respuesta. Sin una solución real de saneamiento, el departamento no podía aprobar un solo fraccionamiento más. El crecimiento estaba literalmente trancado por la falta de capacidad de tratamiento.
Y ahí es donde se ve la diferencia entre quejarse y gestionar. La calidad ambiental no se mejora con pancartas. Se mejora con decisiones.
La Intendencia le donó terrenos a OSE para construir la nueva planta de tratamiento. Y el origen de ese terreno tiene una historia de sentido común y orgullo carolino: tras aquel temporal devastador que tiró abajo los galpones de la Sociedad Rural de San Carlos, la Intendencia decidió comprarles "las joyas de la abuela" —el terreno que tenían sin uso— para inyectarles recursos, y automáticamente cedió ese espacio a OSE para levantar la planta.
A eso hay que sumarle el cierre de la descarga de barométricas en el viejo basurero, y la relocalización histórica de El Kennedy y El Placer. Eso es calidad ambiental real, no de pizarrón.
Toda esta planificación requería fondos, y cuando no había plata, apareció la gestión. Con los datos del 50% de crecimiento en la mano, la Intendencia se sentó con Fonplata. En una sola reunión, demostrando seriedad y capacidad de repago, lograron destrabar un fideicomiso histórico de 110 millones de dólares. Pasito a pasito, priorizando lo urgente para luego pensar en la ampliación.
Esa es la vara que dejó Antía y esa es la línea de trabajo que hoy continúa el intendente Miguel Abella. Una continuidad que no se queda en la comodidad de lo hecho, sino que redobla la apuesta. Que el intendente Abella hoy ponga sobre la mesa el proyecto de una planta desalinizadora para el este del departamento —la primera del país— demuestra que Maldonado sigue pensando en grande.
Romper el tabú de desalinizar el agua, entendiendo que el recurso de las lagunas es finito y que tenemos el mar a disposición, es tener visión de Estado. Es entender que Maldonado, para seguir siendo el motor del país, necesita agua, saneamiento e inversión. Las promesas se las lleva el viento, pero las obras, el orden y el desarrollo quedan para la gente.