28 de mayo | 2026
Hay una escena política que conviene mirar con cuidado: el país cayó del avión. No nos gusta, no era lo que queríamos, no es el rumbo que muchos deseábamos. Pero en esa caída, guste o no guste, hay un paracaídas. Ese paracaídas se llama Yamandú Orsi.
No me gusta su gobierno. No me gusta su falta de dirección. No me gusta su rumbo. Y tampoco voy a hacer de cuenta que Orsi no colaboró, desde su campaña, su relato y su fuerza política, para que el país terminara en esta situación. Pero una cosa es criticar el paracaídas y otra muy distinta es ayudar a cortarle las cuerdas.
Hace unos días vengo escuchando a personas decir que Orsi debería renunciar. Eso es peligrosísimo por dos razones fundamentales.
La primera es institucional. Si somos democráticos, si somos un país que respeta sus instituciones, un presidente electo debe cumplir su período. Se lo critica, se lo controla, se lo cuestiona y, cuando llegue el momento, se le pasa factura en las urnas. Pero jugar con la idea de una renuncia presidencial como si fuera un comentario de sobremesa es una irresponsabilidad enorme.
La segunda razón es todavía más simple: si se va el paracaídas, queda la gravedad.
Y la gravedad se llama Carolina Cosse.
No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas de que Cosse sueña con ese escenario. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas de que muchas filtraciones, muchos comentarios internos y muchas operaciones que salen desde el propio oficialismo parecen tener un objetivo bastante claro: desgastar a Orsi, empujarlo, aislarlo y hacer que un día diga “hasta acá llegué”.
Y ahí la faraona, quedaría con el poder en la mano, riéndose de todos los que ayudaron, por bronca o por ingenuidad, a que el plan saliera perfecto.
La crítica a Orsi debe continuar, al igual que a todos los que de una manera u otra pertenecemos al sistema político. Tiene que ser firme, dura y permanente. Nadie está diciendo que haya que cuidarlo políticamente ni regalarle silencio. Pero tenemos que ser más inteligentes. Porque una cosa es controlar al gobierno y otra muy distinta es ser funcionales a una maniobra que puede terminar dejando al país en manos de algo mucho peor.
Si el paracaídas se rompe, no aparece mágicamente otro avión. Aparece la gravedad. Y la gravedad no modera, no negocia, no frena. La gravedad solo baja. Cada vez más rápido.
Por eso, si algún día esto pasa, que nadie diga que fue sorpresa. Se ve. Se nota. Se le ven los hilos.
Sí, señora Cosse, nos damos cuenta.
No somos tarados.
El tema es que ya estamos jugados: tenemos que seguir criticando a Orsi, pero sin olvidarnos de que empujar su caída puede terminar siendo el mejor regalo para la gravedad.
Y cuando el país se dé contra el piso, los huesos no se los van a romper los operadores.
Se los va a romper la gente.