22 de mayo | 2026
A las ciudades les pasa exactamente lo mismo que a las personas o a los proyectos: si no se adaptan, se estancan. No hay punto intermedio.
Hace unos días, escuchando al alcalde Luis Martín Cima hablar sobre el futuro de San Carlos, quedó instalada una frase que define a la perfección el momento bisagra que vive la ciudad. Plantear la habilitación de construcciones en altura en zonas específicas fuera del casco histórico no es un capricho urbanístico; es una necesidad urgente si queremos que la ciudad despegue de verdad.
Durante demasiado tiempo se ha convivido con una lógica conformista. Se asume que el crecimiento económico fuerte, la inversión privada y los grandes desarrollos deben quedar del lado de Punta del Este o de Maldonado. Mientras tanto, San Carlos corre el riesgo de consolidarse eternamente como una "ciudad dormitorio". Y una ciudad dormitorio, por definición, es una ciudad que depende del éxito de otros para que su gente tenga trabajo.
Cada vez que se plantea una idea de modernización, aparece el miedo. Es natural. Siempre hay voces que alertan sobre la supuesta pérdida de la identidad carolina. Pero tenemos que ser muy claros: cuidar el valioso patrimonio colonial del centro, defender la solidaridad del vecino y sentir orgullo por la historia local no es incompatible con abrirle la puerta al progreso.
La verdadera pérdida de identidad no ocurre porque se levante un edificio moderno en los márgenes de la ciudad. La identidad se pierde cuando los jóvenes se tienen que ir del pueblo porque no hay oportunidades de trabajo, porque no hay industrias, porque las fábricas cerraron y porque la oferta laboral es nula.
Si mañana San Carlos quiere organizar un evento para diez mil personas, no tiene camas suficientes para alojarlas. Si no hay una oferta hotelera y comercial moderna, el turista viene, pasea un rato y se vuelve a gastar su dinero a otro lado. Para que el sector privado arriesgue su capital y genere mano de obra genuina, hay que darle reglas claras, infraestructura y normativas que hagan rentable su inversión.
Permitir que zonas con terrenos baldíos improductivos se transformen en polos de desarrollo es pensar con sentido común.
Nada de esto sería posible sin los cimientos, literal y metafóricamente. La histórica inversión que se está haciendo en agua potable y saneamiento, coordinada con el gobierno departamental, es la que hoy permite siquiera soñar con crecer hacia arriba. Es cierto que romper calles molesta al vecino en lo inmediato, pero gobernar no es evitar las molestias temporales; gobernar es hacer lo que hay que hacer para solucionar los problemas de fondo.
Y eso requiere un estilo de conducción muy particular. La gestión municipal no se hace atornillado a un sillón firmando expedientes. Se hace estando en la obra a las siete de la mañana, recuperando espacios abandonados como la Quinta de Medina, tapando pozos, mejorando la seguridad y asumiendo la responsabilidad del crecimiento desordenado que sufrieron zonas como Balneario Buenos Aires en el pasado.
Es muy fácil hacer política inaugurando cosas chicas que no molestan a nadie y que aseguran el aplauso rápido. Lo difícil, lo que verdaderamente requiere coraje, es planificar una ciudad para dentro de diez o quince años, sabiendo que los resultados más grandes quizás los termine cortando otro.
San Carlos no puede tenerle miedo a su propio potencial. Hay que acompañar las decisiones que buscan sacar a la ciudad de la quietud para ponerla en la ruta del desarrollo departamental. Porque al final del día, la nostalgia es un sentimiento hermoso para recordar de dónde venimos, pero es un pésimo modelo económico para construir hacia dónde vamos.