21 de mayo | 2026
Es indignante, de verdad te da una impotencia tremenda ver cómo se manejan las prioridades de gasto en este país. Te anuncian un aumento de 213 pesos para las jubilaciones mínimas, una cifra que es una tomada de pelo absoluta para cualquiera que pise un almacén hoy en día. ¿Qué se compra un jubilado con 213 pesos al mes? Te alcanza para un paquete de yerba de las marcas más baratas o para un litro de leche con un pan flauta para zafar el día, y dale gracias a Dios si te sobra para el boleto. Mientras el costo de vida, las tarifas y los remedios suben en ascensor, a los viejos que laburaron y aportaron toda la vida les tiran un par de monedas por la escalera y encima se pretende que rinda.
Pero la paciencia se termina rápido cuando mirás las decisiones presupuestales de fondo. En el mismo momento en que se confirma esa miseria de ajuste para los de abajo, se manejan presupuestos de 10, 20 o hasta 30 millones de dólares para remodelar el Palacio Legislativo, construir edificios anexos y hacer reformas urbanas por el centenario de su inauguración. Es una locura total y una falta de respeto al sentido común. Estamos hablando de cientos de millones de pesos uruguayos volcados a ladrillos, fachadas y megaobras de infraestructura centralizadas en la capital, mientras los jubilados que ganan menos de 21.353 pesos tienen que andar eligiendo entre comer bien o comprar los medicamentos.
Si pasás esos millones de dólares a pesos la cuenta es obscena y te demuestra que los recursos del Estado están, el problema es el destino que se les da. Con una fracción de lo que va a costar esa obra monumental se podría subsidiar la garrafa de supergás para todo el invierno, cubrir los medicamentos crónicos o dar un aumento que de verdad signifique un alivio en el bolsillo de los sectores más vulnerables. Las prioridades del gasto público están completamente patas para arriba; parece que importa muchísimo más la estética de los grandes monumentos históricos de Montevideo que la dignidad humana de nuestros adultos mayores. Es una brecha tremenda entre la lógica de la gran burocracia centralizada y el Uruguay real de la calle que la pelea día a día en cada rincón del país.