OPINIÓN: FERNANDO INZAURRALDE
29 de septiembre | 2026
Los datos oficiales del Censo son contundentes y no admiten dobles lecturas: mientras el resto de Uruguay experimenta un indiscutible estancamiento demográfico con un crecimiento general de apenas el 2,5%, el departamento de Maldonado explotó con un aumento del 23,7% en su población entre 2011 y 2023. Pasamos de ser 172.130 habitantes a consolidar una comunidad fija que hoy supera con creces las 212.000 almas y camina firme hacia las 230.000 en este 2026. En los últimos sesenta años, nuestro crecimiento fue de un colosal 247%. Pueden decir lo que quieran, pero los números no mienten: Maldonado es una referencia ineludible a nivel país y a nivel región.
Este fenómeno no es una casualidad. Maldonado se ha transformado en "La isla del tesoro" de nuestro querido Uruguay. Es ese lugar bendecido adonde llega gente de todos los puntos cardinales —con casi un 41% de compatriotas nacidos en otros departamentos y un 6% de migrantes extranjeros— a buscar su futuro y el de sus familias.
Semejante aluvión humano trajo consigo un titánico proceso de adaptación que solo Maldonado conoce en carne propia, porque los demás departamentos jamás han tenido que vivir un desafío de tal magnitud. Absorber esta ola migratoria, garantizar empleo de calidad con tasas de ocupación récord de casi 110.000 trabajadores activos, mantener el desempleo en un envidiable 5,3% (muy por debajo de Montevideo y del interior) y sostener un consumo comercial que crece al 4% anual requiere de una muñeca única. Hay que reconocer el enorme mérito del gobierno del Partido Nacional en la Intendencia departamental, que ha sabido liderar y timonear este barco con templanza, transformando lo que para cualquiera sería un colapso en un motor de desarrollo inagotable.
Ante esta realidad, el debate sobre el futuro se vuelve crucial. Voces cautas o conformistas podrían esperar que Maldonado busque la forma de desacelerar su marcha; que intente crecer menos para evitar el esfuerzo financiero que implica invertir constantemente en infraestructura, servicios y viviendas permanentes —cuya demanda hoy supera las 20.000 unidades—.
Yo estoy convencido de lo contrario.
Maldonado fue, es y seguirá siendo la isla del tesoro del Uruguay. No podemos ni debemos detener la marcha. El verdadero desafío de cara al futuro implica que el sector político, las asociaciones público-privadas y, principalmente, la gente en su conjunto, nos unamos para pensar y diseñar el Maldonado de los próximos 25 o 30 años.
Ya no basta con ser ese lugar hermoso, seguro y natural donde elegir vivir. Debemos convertirnos en un imán de atracción tecnológica, el epicentro del trabajo remoto global, el hogar para la instalación de grandes industrias limpias y, a la vez, seguir siendo un paraíso natural protegido.
Tenemos que empezar ya mismo a diagramar los incentivos fiscales, normativos y educativos que logren dar esos primeros pasos hacia la vanguardia del desarrollo. No es una opción, es una urgencia. Estamos completamente seguros de que, si lo hacemos, no solo nuestros hijos y nietos van a poder vivir en un departamento infinitamente mejor, sino que continuaremos captando el talento y la energía de personas de otros lugares. Seremos el faro de guía y el ejemplo vivo para que este mismo modelo exitoso de pujanza y audacia se aplique en otros rincones de nuestra patria.
Los datos nos respaldan y la historia nos empuja. Estamos preparados para ser aún más grandes de lo que ya somos. Es nuestro deber con los que vendrán y es el legado que nos toca construir.
¡Hagámoslo!