OPINIÓN: FERNANDO INZAURRALDE
21 de septiembre | 2026
¿Se acuerdan de "El Día de la Marmota"? Esa brillante comedia de los años noventa donde el protagonista, atrapado por una extraña maldición meteorológica, se despierta todos los días exactamente a la misma hora, con la misma canción en la radio, condenado a repetir la misma agotadora rutina. Bueno, mirar los movimientos del Frente Amplio hoy genera exactamente esa misma sensación de encierro temporal. Un bucle infinito donde todos los días parecen ser el mes previo a una elección.
La política uruguaya tiene sus tiempos, sus pausas y sus momentos de debate. Pero para el oficialismo nacional, el calendario parece haberse trabado en modo campaña. No importa el problema real que enfrente el país, la respuesta oficial siempre tiene un tono electoral, un cálculo de perpetuación y un inevitable componente de paranoia donde cualquier reclamo ciudadano es interpretado como un ataque conspirativo.
Cuando un partido se acostumbra más a armar discursos que a gestionar realidades, termina hablando solo. El gran problema de vivir en campaña permanente es que la energía que debería destinarse a resolverle los problemas a la gente se gasta en intentar convencerla de que los problemas no existen o, peor aún, de que son culpa de otros.
Esa paranoia de micrófono encendido desgasta. Y no hay maquinaria de propaganda que soporte la fricción constante con la realidad. Prometer es fácil, diagnosticar es un deporte dominical, pero estar al frente del gobierno nacional exige resultados, no solo buenos titulares de barricada.
Si quieren entender qué pasa cuando el ciudadano común se cansa de la misma película, basta con mirar hacia el este. El Frente Amplio no perdió Maldonado por un error de marketing ni por una conspiración intergaláctica. Lo perdió porque la gente se hartó del bucle. Se cansó de escuchar siempre las mismas frases armadas mientras el departamento necesitaba orden, obras reales, desarrollo y una administración que se hiciera cargo en lugar de mirar de reojo a la capital.
En Maldonado, la ciudadanía eligió la gestión concreta por sobre el comité de base. Eligió recuperar espacios públicos y fomentar la inversión antes que aplaudir consignas que sonaban muy lindas en la teoría pero hacían agua en la práctica. Ese rechazo en las urnas no fue un accidente; fue un mensaje claro de que el relato tiene un límite de tolerancia.
En "El Día de la Marmota", el personaje interpretado por Bill Murray prueba de todo para escapar de la repetición. Intenta engañar, intenta manipular, intenta quejarse con todos. Nada funciona. El bucle solo se rompe cuando él, por fin, decide mirarse al espejo, dejar la soberbia de lado, cambiar sus actitudes y volverse una mejor persona.
Esa es la lección que el oficialismo se niega a aprender. Creen que cambiando de candidato, ajustando el tono de la queja o inventando un nuevo eslogan van a recuperar la confianza de los lugares donde ya les dijeron que no. Pero la única chance real de volver a ser una opción respetada, especialmente en un departamento que ya aprendió a valorar el trabajo bien hecho, es cambiar en serio. Es dejar de subestimar al electorado y volverse, genuinamente, una mejor propuesta. Y para eso falta muchísimo.
Mientras tanto, a nivel nacional, la urgencia es otra. El Frente Amplio es el gobierno. Tienen las palancas del Estado, los ministerios y la responsabilidad ineludible de cumplir con las promesas que los llevaron al poder.
No es tiempo de actos, de banderas ni de medir quién grita más fuerte en el Parlamento para asegurar un lugar en la próxima lista. Es tiempo de gestionar. Es tiempo de dejar la paranoia, entender que la crítica ciudadana es parte de la democracia y concentrarse en la administración de los recursos públicos. Ya habrá tiempo para las urnas, los jingles y los aplausos. Hoy, la gente necesita que salgan del bucle y se pongan a trabajar.
Por: Fernando Inzaurralde